Una historia que tenía todo para conmover, pero termina cayendo en el vacío de sus propias contradicciones.“El diablo en Ohio” es una miniserie que parte de una premisa poderosa: una adolescente escapa de una secta satánica y es acogida por una psiquiatra que, al hacerlo, empieza a poner en riesgo a su propia familia. Lo que pudo ser un intenso drama psicológico y un retrato sensible del trauma, termina convirtiéndose en un relato desordenado, mal hilado y emocionalmente inconsistente.
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¿Víctima o manipuladora? Un dilema forzado
Mae, la adolescente rescatada, es presentada desde el inicio como una víctima clara de abuso sistemático. Sin embargo, hacia el final de la serie, el guion intenta torcer esa imagen y sugerir que todo podría haber sido un plan de manipulación. ¿La prueba? Mae: ¿víctima o manipuladora?
Uno de los giros más forzados del guion ocurre al final, cuando se sugiere que Mae orquestó todo para quedarse con la doctora. Sin embargo, los hechos no respaldan esa teoría. Cambiar unas flores en un baile no es suficiente para sostener una manipulación compleja. Si Mae realmente hubiera querido quedarse con la doctora, habría dejado pistas claras o se habría asegurado de que alguien la siguiera. Pero no lo hace. Se entrega al ritual creyendo que no tiene otra salida. No hay cálculo, solo desesperación.
El guion intenta instalar la duda: ¿fue Mae una víctima todo el tiempo o una mente astuta disfrazada de inocencia? Pero en lugar de dejar una ambigüedad potente, deja una contradicción no resuelta. El personaje se rompe, no se complejiza. Lo que pudo ser una exploración profunda del trauma y la necesidad de pertenencia, se desinfla en un intento barato de plot twist que no se sostiene.
¿Dónde está la malicia real en Mae? No hay escenas que lo respalden. No hay decisiones que la muestren como una calculadora o como un peligro para los demás. Por el contrario, es la única que parece actuar desde la necesidad de afecto, pertenencia y protección. Es la familia la que la empuja, la rechaza, la culpabiliza sin razón, hasta que ella se queda sin otra opción más que volver al lugar del que escapó.
Personajes adultos mal construidos
La psiquiatra, interpretada con contención y dolor, es uno de los pocos personajes rescatables. Su vínculo con Mae es complejo y creíble, y sus decisiones, aunque imprudentes, nacen del trauma que ella misma arrastra: un padre abusivo, una madre permisiva, un hogar donde fue silenciada. Eso la conecta con Mae de manera profunda.
Sin embargo, el resto de los personajes adultos parecen apenas bosquejados. El esposo —frío, impositivo, plano— se limita a repetir que la doctora está proyectando sus traumas, sin ofrecer alternativas ni empatía. El detective, que podría haber aportado una mirada más sólida sobre el culto, apenas aparece, y cuando lo hace, su presencia es irrelevante para el desarrollo real de los hechos. Ninguno cambia el rumbo, ninguno resuelve nada.
Un subtexto cuestionable
Más allá de lo superficial, la serie parece deslizar un mensaje inquietante: que una familia se fractura si uno de los padres decide cuidar a alguien que no forma parte del núcleo familiar. La doctora nunca descuida a sus hijas —ellas deciden alejarse—, pero el guion la castiga por su empatía. La presenta como causante del quiebre familiar por preocuparse por una víctima real, cuando en realidad lo que se revela es la incapacidad del resto de la familia para sostener el vínculo cuando se exige un mínimo de madurez emocional. Es un enfoque limitado que, lejos de abrir el debate sobre el trauma y el cuidado, lo clausura con una moraleja simplista: no te involucres demasiado, podrías perderlo todo.
Tener a Emily Deschanel como protagonista era una oportunidad enorme para construir una historia emocionalmente potente. Su personaje tenía la fuerza suficiente como para sostener el conflicto junto a Mae y la hija del medio, que representa la fricción natural entre lo nuevo y lo conocido. Incluso prescindiendo del resto de la familia, la trama pudo sostenerse con esos tres pilares, más el trasfondo oscuro de la secta.
Pero el guion elige abarcar demasiado, se diluye entre subtramas y personajes vacíos, y al final se traiciona a sí mismo. Una historia sobre el trauma, el abandono y la búsqueda de afecto termina disfrazada de thriller sin alma, dejando al espectador con la amarga sensación de que pudo ser mucho más.
