En un colegio de Lurín había rincones ocultos detrás de los pabellones. Allí, un grupo de niñas solía refugiarse para conversar en paz, lejos del bullicio de los demás alumnos.
Después de las clases de arte, se aventuraban por esos pasajes estrechos que casi nadie usaba. En uno de ellos, donde permanecían más tiempo, crecía una pequeña higuera, donde, según los mitos locales, habitan los duendes.
Una mañana de recreo, mientras saltaban y jugaban cerca de la higuera, escucharon un sonido extraño que provenía de su interior, algo parecido a un gruñido. Se miraron entre ellas, intentando descubrir si alguna había hecho ese ruido. Nadie lo admitió, y trataron de tranquilizarse pensando que quizá solo se trataba del estómago de alguna que gruñía de hambre.
Sin embargo, poco después, una vocecita se escuchó entre las hojas.
El miedo las paralizó por un instante y, enseguida, salieron corriendo sin mirar atrás. Desde ese día, no volvieron a pasar por ese rincón.
Más tarde se enteraron de las historias que rodeaban a las higueras y de cómo, según las creencias populares, pueden albergar duendes y otros seres misteriosos. Aquella voz que habían escuchado, comprendieron después, probablemente pertenecía a ese duende en colegio que, desde entonces, quedó ligado a la memoria de aquel lugar.
